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¿#Metodologías activas o activistas? De la #recreación al #aprendizaje #edufis

Existe hoy por hoy una avalancha de metodologías, bien sean propuestas, enfoques, estilos, técnicas, etc. que han venido para quedarse (¿tal vez definitivamente?) y mejorar (¿?) la calidad de la enseñanza y el aprendizaje. Muchas de ellas (casi me atrevería a decir que todas), mediadas por la tecnología. Y esto es para congratularse y “llenarse de orgullo y satisfacción”. Hay quien las llama metodologías o pedagogías emergentes, y otros metodologías o pedagogías activas. El fundamento no es otro que el de aumentar la motivación del alumnado (repito, casi siempre la tecnología juega un papel muy importante en este aspecto) y mejorar los aprendizajes. Sin embargo, podemos correr el riesgo de que estas propuestas hagamos confundan los medios con los fines. En ocasiones, podemos caer en la tentación de hacer un sinfín de actividades inconexas entre sí (eso sí, muy llamativas) y que no atiendan a una finalidad concreta. Esto puede asegurar una motivación extrínseca (y por ende, con certificado de defunción muy próximo) y que el alumnado se lo pase bien durante un rato, pero ese no es el objetivo de la educación. Si nos quedamos con esta visión superficial, estaremos cayendo en el error de beatificar la recreación y la motivación extrínseca, cuando en realidad son herramientas para un fin superior: transformar a las personas y a la sociedad para lograr un mundo mejor. Dice Freire en La educación como práctica de la libertad (1967) :


La educación verdadera es praxis, reflexión y acción del hombre sobre el mundo para transformarlo.

Efectivamente, debemos pensar en que la acción de nuestro alumnado es una praxis que va más allá de la mera acción (recreativa o divertida). Es cierto que toda tarea (proyecto, actividad, reto…) que se proponga en clase debe contar con el factor motivación (a ser posible intrínseca) y diversión, pero debe ir más allá. Como dice Freire, toda acción que no conlleve reflexión se quedaría en activismo (un mero “hacer por hacer”). De igual manera, toda reflexión que no conlleve acción, se relegaría a palabrería. Traducido al idioma de “andar por el aula”, podemos concretarlo en que siempre debemos contar con momentos, espacios y procesos de reflexión (individuales o compartidos) que acompañen a las tareas propuestas. La metacognición, la autorregulación, la autoevaluación, la evaluación compartida, la calificación triangulada… aseguran esta praxis. De esta manera, sí que estaremos contribuyendo a un aprendizaje profundo y a una verdadera transformación personal y social del mundo para cambiarlo (a mejor, se entiende…).

Y si lo que queremos es motivar (desde el punto de vista intrínseco, por supuesto), la teoría de la autodeterminación (Deci y Ryan, 1985) nos da la clave para satisfacer las necesidades básicas que, según estos autores, son indispensables para que la acción sea duradera en el tiempo: necesidad de autonomía (que nuestro alumnado pueda tomar decisiones en el ecosistema del aula), necesidad de relación con los demás, y, por último, necesidad de sentirse competente. Teniendo en cuenta estas tres claves, habremos dado un paso muy avanzado en que nuestras tareas sean, aparte de divertidas, muy significativas.

En educación física, el concepto general de praxis nos remite al de praxis motriz o conducta motriz (Parlebas, 2001). Es decir, una acción donde la motricidad está cargada de simbolismo, significado y reflexión. Donde importa lo que el alumnado hace, pero también lo que piensa y, además, lo que siente. No podemos soslayar este aspecto.

En conclusión, no dejemos llevarnos por los cantos de sirena que algunas propuestas metodológicas mal empleadas (y esto es importante, destaco “mal empleadas” porque también pueden ser bien empleadas, a Freire me remito nuevamente) pueden hacernos ver. Donde importa más la apariencia y el postureo metodológico, que la educación. Donde se prioriza la acción pero no hay reflexión. Y donde la tecnología es motivo de exclusión y no de inclusión. No perdamos de vista que en nuestra profesión, siempre será más importante preguntarnos “por qué y para qué educamos” que “cómo educamos”.

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Negociación curricular y el empoderamiento del alumnado #escuelademocratica #edufis #autonomiadelalumnado

Hablar de escuelas democráticas suponer entender la educación de otro modo, más horizontal. Las relaciones que se establecen entre alumnado y profesorado (y entre toda la comunidad educativa en general) se basan en el respeto mutuo, así como en la capacidad de cada uno de enriquecerse del otro.

Una de las estrategias que se pueden utilizar para desarrollar el concepto de escuelas democráticas es el de negociación curricular. Pero una salvedad. Negociar no es votar. Cualquiera que haya estudiado la teoría de grupos o conozca los fundamentos del aprendizaje cooperativo sabe que la peor estrategia que se puede tomar en un grupo es que las decisiones se tomen mediante la votación. Cuando ponemos en práctica esta medida, unos ganan y otros pierden. La mayoría gana y la minoría pierde. Y ese no es el objetivo. De lo que se trata es de que todos ganemos. Por eso es importante el consenso y el diálogo.

En la negociación curricular, establecemos un diálogo democrático con nuestro alumnado, no para imponer nuestro punto de vista, ni para que ellos impongan el suyo, sino para buscar un punto de encuentro intermedio donde sintamos que las dos partes hemos ganado, y aquí es donde la votación no alcanza.

¿Qué cuestiones podemos negociar con nuestro alumnado? Pues dependerá del grado de maduración del alumnado y de nuestras motivaciones personales. Pero en general cuanto más negociemos, más enriquecedor será el proceso. Algunas preguntas a modo de hilo conductor para guiar este proceso pueden ser estas:

  • ¿Creen que las situaciones de aprendizaje se ajustan a sus intereses? ¿Cuánto será su temporización?
  • ¿Qué contenidos podremos trabajar? ¿De qué manera los trabajaremos?
  • ¿Qué actividades de evaluación podemos utilizar? ¿Y con qué instrumentos las vamos a evaluar?
  • ¿Cómo ponderamos las evidencias? ¿Como se puede aprobar o suspender en la asignatura?
  • En resumen, se trata de dar la oportunidad a nuestro alumnado de tomar decisiones sobre aspectos referidos al diseño, la planificación, la implementación, la evaluación e, incluso, sobre la calificación. Sin ninguna duda, todos saldremos ganando.
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    La cara oculta de la #gamificación: “No es oro todo lo que reluce” #edufis #evaluación

    La pedagogía (y más concretamente, la metodología) está volcada últimamente en procesos innovadores que, acompañados de la tecnología, están provocando un aumento de la motivación en nuestro alumnado. Uno de estos casos es el de la gamificación. De manera resumida, lo que busca esta metodología es trasladar la lógica y los elementos característicos del juego al entorno educativo. Aunque se diga juego, realmente lo que se ha traslado es la lógica de los videojuegos, no la de los juegos en general (tal y como es el caso de los juegos motores, que no responden a esta manera de proceder).

    Pues bien, desde aquí quiero hacer un llamamiento al profesorado para que no pierda de vista la postura sociocrítica cuando elabore propuestas didácticas desde este enfoque gamificador (y desde cualquiera en general, sea aula invertida, ABP, aprendizaje cooperativo…).

    Con frecuencia estoy encontrando en la red propuestas de gamificación (bienintencionadas todas ellas, por supuesto) que responden, desde la inconsciencia,  más a una postura neoliberal y de corte técnico, que a un enfoque socioconstructivista. Recordemos que las características de la educación neoliberal y la racionalidad técnica son: la reproducción social y el mantenimiento del status quo, predominancia de la meritocracia, apuesta por el conductismo, énfasis en las enseñanzas academicistas, en la memorización, en los premios y castigos, en la clasificaciones y en la jerarquización del alumnado, siendo esto acompañado por la negación de la equidad y la inclusión. Y esto preocupa… y mucho. ¡Ojo! No estoy en contra de la innovación, ni de esta metodología en concreto (tengo compañeros y compañeras que la emplean de manera formativa), sino en contra del uso que se está haciendo de ella, en muchos casos. Sobre todo, del uso desorientado que se está haciendo de la tecnología.

    La tecnología no puede disfrazar de innovación, algo que no deja de ser una mera reproducción de la educación tradicional.

    Veamos qué sucede en la práctica. Existen dos aplicaciones muy utilizadas en esta metodología. Una de ellas se basa en un concurso donde el alumnado responde rápidamente a unos botones de colores que se corresponden a una serie de cuestiones elaboradas por el profesorado. A la finalización, aparecen los tres primeros a la manera de un podio virtual. En la otra aplicación, se van poniendo positivos y negativos a unos avatares (que el alumnado elige y personaliza) por lo general representados como monstruitos. Mal usadas estas aplicaciones (y en general la gamificación), van a generar varios aspectos negativos desde el punto de vista pedagógico:

    • Establecemos rankings en nuestras clases. Nos rasgamos las vestiduras por las clasificaciones PISA pero… ¿no nos importa hacerlo con nuestro alumnado?
    • Transmitimos el mensaje a nuestro alumnado de que unos valen (los primeros del ranking) y los otros… ¿no valen (los últimos)?
    • Por lo general, en las preguntas solo se evalúan procesos cognitivos de orden inferior (principalmente la memorización). ¿Dónde quedarán la creatividad o el juicio crítico?
    • Estamos clasificando a nuestro alumnado en función de uno (o a lo sumo dos) tipos de inteligencia (la lingüística y la matemática) pero… ¿y las otras no son relevantes?
    • Transmitimos la idea de hacer las cosas para obtener premios y bonificaciones, o subir de nivel. ¿No hay otra forma de proceder como la propia satisfacción de superar un reto personal?
    • Se fomenta la competitividad individual o por equipos. ¿Cooperar sirve para algo, aparte de machacar a los otros?

    En definitiva, no estamos promoviendo la inclusión ni aprovechando la diversidad de nuestro alumnado y sus fortalezas o potencialidades. Estamos segregando y excluyendo. Lo importante, al parecer, es la posición que ocupas en la clasificación, si has conseguido la medalla o no, si has subido de nivel… y lo que es peor, las comparaciones que esto conlleva entre el alumnado (“soy mejor que tú”, “estoy por encima de ti en la clasificación y en un nivel superior”, etc.).

    ¿Solución? Considero que, tal y como plantea Freire, lo importante es la praxis, es decir, acompañar siempre la práctica de reflexión, y viceversa. Una práctica sin reflexión, sería activismo; y una reflexión sin práctica, palabrería. En el caso de la gamificación, podemos caer en lo primero.

    Una propuesta interesante que hacen algunos compañeros y compañeras sería utilizar el marcador colectivo de Terry Orlick. Consiste en sumar las puntuaciones individuales para ganar un reto colectivo, de esta manera, no hay ganadores individuales sino un ganador colectivo (la clase). Otra sería plantear siempre los retos como superaciones personales, sin comparaciones más que con uno mismo. Y, por supuesto, hacer uso del aprendizaje cooperativo.

    Considero que la gamificación tiene potencialidades y motiva mucho al alumnado. Bien sea por su aspecto visual, como por su parte artística o por otros motivos. Debemos emplearla con conciencia, siendo críticos y reflexivos, y no dejarnos llevar por lo que a priori se ve de ella (disfrazarnos, tarjetas, cartas, tecnología…). Analicemos un poco más profundamente dónde está el meollo de la cuestión: qué es educar y para qué educamos.

    Algunas voces críticas (entendido aquí crítico como conservador o tradicionalista) dirán: “Pero es que la sociedad es así: competitiva, unos ganan y otros pierden, hay clasificaciones y rankings”. Y es verdad, tienen toda la razón. Pero…

    El objetivo de la educación no es reproducir la sociedad sino transformarla.

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